viernes, 1 de junio de 2012

Forjados en el Taller



El Taller de Cuento del Metro
Recopilación de Cuentos del Taller Cuento de Mario Ramirez en el Sistema de Transporte Colectivo Metro con Jóvenes Becarios de los Programas de “Ola Cultural”, del “Instituto de la Juventud” y “Para Leer de Boleto en el Metro”
PRESENTACIÓN
Por Mario Ramirez Centeno

Durante los meses de fines del 2007 se llevó a cabo un Taller de Cuento del Metro con jóvenes que laboraban en la “Ola Cultural” y lectores y distribuidores de “Para Leer de Boleto en el Metro”, coordinado por un servidor a invitación del artista y promotor cultural Sergio Gómez, en donde dábamos apretadamente la teoría de la estructura del cuento y algunas técnicas de la narrativa en habla española. Teníamos sólo dos o cuatro horas a la semana durante los dos últimos meses del año. Pero los jóvenes asistentes bebían a grandes tragos la teoría y leíamos a excelentes cuentistas con el fin de exponerlos a la radiactividad de la calidad literaria y a la capacidad de noquear al lector con un cuento.
Con esto en mano logramos muchos avances, pues los cuentos aquí presentados fueron pulidos en el último mes del taller como si de piedras preciosas se tratara y nosotros fuéramos los orfebres obsesionados por sacar a relucir las luces y reflejos de bellos diamantes. Por ejemplo, Brenda García “Allertse” nos presentó hasta cinco versiones distintas del que al final quedó como su cuento a publicar como resultado del taller. En “El Delirio”, nos gana un terror muy del tipo del “realismo mágico”, en un ambiente de antro, muy juvenil y actual.
En “La Insipidez del Recuerdo” Alberto C. Martínez nos entrega un retrato suicida donde se contradice afirmando que hay una sola realidad y con la que el juega logrando diversas dimensiones en un juego de espejos donde el mismo cree encontrar la realidad de una suicida como Sofía y explicar la de un escritor con Alzhaimer que la describe, pero que a pesar de todo obtiene éxito con su personaje suicida en un desenlace paradójico.
Carlos Esteban Jímenez, siempre llegaba tarde al taller pero presentó múltiples cuentos que más de una vez se llevaron las palmas de los asistentes. En “Indios Verdes-Universidad Tragedia” nos presenta una visión apocalíptica de la sociedad que vive y convive en el metro, trasunta de tragedia de un extremo a otro y redimida sólo por la esperanza revolucionaria. Presentó también varias versiones de este cuento que finalmente quedó en la que ahora presentamos.
David Martínez, con sarcasmo, casi se nos pierde en la profusión de anécdotas escabrosas dentro de un solo cuento, pero al final, donde termina el personaje casi agonizando como víctima de la misma indiferencia que le adolece al personaje y a la sociedad que parece criticar, lo rescata y gana así un espacio junto a sus compañeros que realizaron un esfuerzo denodado, donde en poco tiempo se logró contar con su expresividad para noquear al lector con un solo cuento.
Román Borrego Acosta nos presenta a la guerra aniquilada por si misma en un diálogo casi de prosa poética que concluye con algunos versos, donde parecidos a ditirambos griegos, casi la rescata de su propia destrucción, pero al final la hunde con disertaciones que no terminan de detenerla, para finalmente acabar con la existencia de esa entidad que no acabamos de determinar si es femenina, masculina o sin sexo.
Para terminar con un cuento de un servidor donde se rescata el pensamiento infantil como verdadero motor de la imaginación y la magia, despierta en todos los milagros de la naturaleza todavía presente en muchas partes de la ciudad de México. Las cosas sencillas de la naturaleza son las que contienen la magia y terminar con la infancia en la juventud nos presenta nuevas magias, como la sonrisa de una mujer o la atracción placentera del erotismo que nos lleva a la reproducción, otra magia más. Que el presente trabajo les dé momentos de reflexión o amenidad, consuelo y esperanza para todos los que lo lean.






EL DELIRIO
Por Brenda García Rosas
Pseudónimo: Allertse


El tres de noviembre del dos mil seis fuimos mis hermanas y yo a un Halloween en una discoteca llamada “Estelaris”. Había un concurso de disfraces en el que nos encontrábamos involucradas; el animador de la discoteca había anunciado los premios a los mejores disfraces.
El primer lugar consistía en un cartón de cerveza con quinientos pesos; el segundo, en un cartón de cerveza con doscientos cincuenta pesos; mientras que el tercer lugar se trataba de una cubeta de cerveza con cien pesos.
El concurso iba a empezar a medianoche pero cuando llegamos apenas eran las diez. Mis hermanas se encontraban platicando con unos jóvenes muy simpáticos que habían conocido; mientras tanto, yo me andaba arreglando para el concurso. Fui al tocador para agregar algunos detalles a mi maquillaje puesto que quería verme original.
Estaba nerviosa porque en el tocador donde entré no había nadie y el ambiente se sentía muy raro. Me acerqué a un espejo que se encontraba cerca de los lavabos; al aproximarme un poco más, observé a una niña con la cabeza agachada recargada en un rincón, al parecer estaba llorando; me dirigí hacia a ella y le pregunté: ¿por qué lloras?, ¿te puedo ayudar en algo?- pero la niña no contestó a ninguna pregunta, sólo se quedó agachada.
Un poco turbada regresé al espejo y comencé a maquillarme. De pronto, escuché un golpe en el suelo. Creí que se había caído y volteé para buscarla, pero no había nadie. Caminé un poco para tratar de encontrarla, sin embargo todo fue en vano, al menos eso creí. Entonces sentí un frío intenso recorriendo mi cuerpo. Al mirar nuevamente al espejo observé a la niña que se encontraba frente a mí. Volteó a verme, tenía la cabeza sangrando y una deformidad en la mejilla derecha. Pegué un grito y salí corriendo de ahí sin saber a donde me dirigía. Subí unas escaleras, las cuales me llevaron a un pasillo oscuro en el cual no podía ver ni la sombra de mi mano. Traté de tocar la pared y así guiarme hacia alguna salida.
A lo lejos, observé una pequeña luz. Poco a poco fui acercándome hasta salir del pasillo; volteé hacia atrás para ver si la niña estaba siguiéndome pero no había nadie. Al fin, llegué a donde se encontraban mis hermanas. Todo parecía normal, como si no hubiera pasado el tiempo, al verme una de ellas me dijo:
- ¡Vaya!, ¡ya regresaste!, ¿qué tienes? Parece como si hubieras visto un fantasma- y comenzó a reír.
Sentí que era objeto de burla. Comencé a ver borroso, a marearme y a cerrar mis ojos poco apoco...
A lo lejos escuché una voz que decía mi nombre. Al abrir mis ojos, observé a una de mis hermanas que decía:
- ¡Despierta! ¡Ya es tarde!
Miré a mí alrededor. Estaba en mi habitación recostada en la cama. Vi a mi hermana y le pregunté: ¡¿qué pasó?! Sonriendo me contestó:
- ¡Te quedaste dormida!, anda, vístete que ya es tarde. Recuerda que hoy vamos al “Estelaris”; ojalá y ganemos el concurso de disfraces.
- ¿Concurso de disfraces? ¿Qué eso no fue ayer?
- ¡Claro que no!, ¡¿Te sientes bien?!
- Sí, eso creo, no me hagas caso. Estoy loca.
- Bueno, pues vístete, te esperamos en la sala pero no tardes.
- Está bien.
Salió de mi cuarto. Un poco desconcertada me levanté y comencé a arreglarme. Me reuní con mis hermanas y salimos de la casa con dirección al Estelaris, mientras pensaba que tal vez lo de la niña era sólo un sueño, por lo que no le tomé mucha importancia. Llegamos al Estelaris; pero; conforme pasaba el tiempo, sucedían las mismas cosas que había soñado...








LA INSIPIDEZ DEL RECUERDO
Por Alberto C. Martínez
Pseudónimo: Alberto Constantino


“Te quiero”. Letra tras letra aparecen como visión espectral acompañadas del estruendoso sonido de una máquina de escribir. Luego, una mano recorre el papel con la frase escrita y la arranca. Tras esto, vuelve a recorrer la hoja.
“Te amo”, otra frase que corre con la misma suerte. ¿A dónde irán, dichosas frases? ¿Cuál es el sino de aquellas desgraciadas que no obedecen más orden que la de su creadora?
A punto de escribir de nuevo, puedo contemplar quién escribe: Sofía. ¿Qué haces? ¡¿Qué es lo que estás haciendo?! ¿Perdiendo tu vida plasmando frases que ni yo sé hacia dónde van? Sorda al reclamo, enciende un cigarrillo mientras se dispone a escribir en un cuarto no más lleno que de su ánima agónica y el humo inútil de la decepción.
Luego, una última bocanada para disponer el cigarrillo sobre el cenicero al lado de la máquina de escribir; de pronto, la mano de un hombre maduro contrasta con la suya, joven hermosa de tan sólo veinte años, quien parece ayudarle a posar el cigarrillo en el cenicero. Sofía está fuera de sí, sola, en un cuarto sumamente desordenado. Su cama sin hacer entre un reguero completo y el cenicero de varias colillas, satisfecha pero sin aquel hombre quien le ayudó a apagar el cigarrillo, pues ella en realidad continúa fumándolo. “Y tanto libro, ¿para qué, Sofía? ¿Para sedar tus orígenes de linda erudita? No entiendo la especial atención que le conmemoras especialmente a uno o dos, aunque admito, no puedo ver quién es el autor. Sí, sí Sofía, parece que te estoy escuchando... en verdad puedo escuchar lo que piensas”.
“¿A dónde has ido guerrero ausente? Si mi arduo estro solitario torna en locura intransigente, ¿quién será el destinatario?” Yo me altero y le digo: Calla, ¡calla! Vuelve a tu oficio, beligerante de tu propio ser, sigue escribiendo tus incoherencias que no admirar ya más. Y lo más inconexo, siendo obediente como aquello de donde tomaste tu forma de ente, regresas a tu oficio para escribir algo que ya no supe de qué se trataba.
Ya es tarde. El cielo está nublado. A nuestros pies, cae el agua del cántaro de algún ser celeste y de vez en vez, uno que otro estruendo. Hacia el patio frontal de la casa, una figura espectral parece des-velarse. Sofía parece deambular ensimismada y absorta; viste un camisón blanco, el cual, la lluvia se encarga de convertirlo en un paño mojado similar a la de algunas esculturas romanas; sus pies marchitos y la expresión pútrida denotan un avanzar lento y cansado como el de un peregrino. Curiosamente estos pies descalzos contrastan con unos tacones abandonados que descansan frente al guardapolvo de un muro; son reliquias maltratadas entre hojas de árbol, antes secas, de los que la tintura artificial había ya perecido, habiendo dejando dos manchas como halos de óxido que simbolizan el atuendo de la huella entendida como la presencia de lo ausente. Sofía alimenta su psique con alucinaciones, demencias y acaso vanas esperanzas de encontrar una carta dentro de aquel espectro vacío que era el buzón, pues ese era el motivo porque salió a un ambiente al cual se había negado desde hacía no sé cuánto tiempo.
Culminación decepcionante de la ausencia convertida en molde sobre su rostro silente; era la indiferencia que torna en coraje al cerrar violentamente el buzón por no encontrar lo que esperaba. De regreso al interior de su casa, Sofía cierra de manera silente la puerta principal por la que salió pero un ruido irrumpe la tranquilidad. ¿Sonaría? Sonará... suena, había sonado y sonaba. Eran timbres uniformes con un compás definido. Uno, dos, tres, cuatro... y continuaba sonando mientras Sofía se acercaba lentamente hacia un teléfono blanco. Su rostro comienza a irradiar lúmenes de esperanza sobre todo cuando lo toma entre sus manos. Una sola vez más el teléfono sonó y paró mientras reposa en sus manos, como si las llamadas evadieran la presencia de Sofía o el tocar de ella... tu tocar. Y se hincó... cabizbaja, con el rostro cubierto por sus cabellos que asemejaban hilos de seda en caída de rocío. ¡Comenzaba ya la hora del teatrino! El par de telones —unas cortinas pesadas que cubrían la ventana principal de la estancia— comienzan a cerrarse por autonomía como controlados por tramoyas para que la oscuridad te opacase, sin que muriese tu acto mientras dos reflectores alumbraban la escena. No hubo carta, correcto; mínimo habrá una llamada tal vez, no lo sé, quizás el tiempo lo dirá.
No sé cuántas horas sucedieron a tu depresión. Sólo sé que el cielo se vestía ya de luto con lentejuelas absortas de color; pero escasas, un tanto escasas debido al desgarre que tuvo el cielo. Para entonces, Sofía se encontraba preparando la cena. Siempre ensimismada y taciturna, parece actuar mecánicamente. Se acerca a su mesa con un plato vacío, una cuchara y un envase de vidrio lleno de leche. Y no podía faltar: un libro de... ah, sí, lo conozco, yo lo conozco. Es un pésimo escritor, cree únicamente en sus debrayes y conecta su vana realidad con la nuestra para, según él, formar "la verdadera". Estúpido.
Tiernamente Sofía toma el libro para comenzarlo a hojear, el cual tenía ya pocas páginas por cierto. Atónita, pero con un semblante de niña tierna, parece leer una página que la hace detenerse. Inmediatamente le da por arrancar con dulzura esa página y las subsecuentes; realmente, las únicas que restaban del libro. Entonces las comienza a triturar y las convierte en tiras que deja caer a su plato. Al lado de la pasta del libro, encontrábase una especie de separador que tenía más aspecto de carta que de lo primero.
Todavía no cenarías. Necesitabas que te escucharan: "No soy una actriz, no un vado harto soy. Duda de aprendiz, dime amor ¿qué soy?". Entonces, lentamente Sofía coloca la carta-separador a su lado y sobre ella, su mano, la cual parece descansar aunque ciertamente da finta de ser una acción telepática entre la carta y ella. Por osmosis aparente, existe una comunicación con tan sólo el contacto de su mano sobre aquel viejo papel.
"Pareces mística, si no fuera por tu contexto creería que visualizas tu matrimonio con Dios". Consecuentemente, decides cenar. De manera incomprensible, tomas el envase de leche y comienzas a vaciarla sobre tus recuerdos alimenticios con aquel saborizante insípidamente dulce.
¡Ah, y no era suficiente! Necesitabas tu especia que complementara tu cena. Una más, era la última frase que escribiste en la máquina, la cual ya no pude apreciar. "Te necesito" caía a tu plato: una frase en aquel papel infecto que lo admirabas con cierta curiosidad. No te quedó más que revolver tus pensamientos, quereres y adulaciones en tan blanco disolvente para por fin cenar. Rodeándote, transitando a tu lado pero tú, ni en cuenta. -¡¿Qué haces?! -me preguntaba- ¿por qué Sofía? ¿Qué tienes? ¡Contéstame! Ah, imposible, sabía que eso era imposible.
Horas lentas con andar rápido. La agonía de Sofía aún no terminaba, todo lo contrario, apenas iniciaba. ¿Puedes verme? Estoy aquí, afuera de tu lúgubre aposento. Si me vieses, te preguntarás por qué no toco. Y es que Sofía no podía conciliar el sueño pues había iniciado la carrera hacia un suicidio con base en una especie de inanición, pues había repetido por un número indeterminado de días, la acción previa respecto a la ingesta de papel; su depresión la encerraba en la austeridad de la soledad y el desahogo enfermizo entre llantos y respiraciones entrecortadas. Con su mirada hinchada, los ojos más bellos que jamás hubiera visto, empañados de dolor estaban: de ámbar tus ojos, mis perlas de cristal, ¿por qué son rojos?
Inesperadamente, no sé que arrobamiento la llevó a levantarse. Parecieras tener prisa pues prestamente te da por desnudarte e inmediatamente cambiar tu atuendo por un vestido de gala, el cual deja ver deliciosamente tu efigie perfecta de canon clásico. Tus pies parecieran albergados por la antítesis de los tacones abandonados entre hojas y lluvia. Sí, eras como el día en que te conocí. Elegante, como dispuesta hacia una cita ficticia, te diriges hacia la estancia intentando sostenerte de lo que encontraras a tu paso para no desplomarte debido a tu agobio. Tirabas accidentalmente los instrumentos de tu cena y las cosas que había sobre la mesa: también las paredes ya estaban cansadas, incluso de ti.
Entre gritos y desesperación, Sofía se obsesionaba por encontrar algo entre el reguero de su estancia. La aflicción desesperada por encontrarlo era eterna y el hallazgo imaginario. Y finalmente has enervado tu esfuerzo inútil: Elixir, elixir, elixir —decías— cuánto numen necesitas para escribir la palabra elixir.
Pareciera como si te pudiera ver a los ojos: lo sabía, me mirabas y me buscabas. Entre tu balbuceo y tu posición sedente en el piso, parecieras tocarme aunque no con mucho gusto. Ojalá fuera a mí; me encantaría te desquitaras conmigo pero era sólo con mi engendro: una pasta de un libro sin hojas, evidentemente todas habían sido arrancadas... y el título, ¡bah! es lo que menos importa. Desquítate con ella, con aquella que albergó mis letras que ahora tu organismo resguarda. Una vil pasta. Querías hacerla tuya, que ese icono fuese la persona que añorabas, pues después de haberla maltratado tan frígidamente la arrastrabas cerca de tus entrañas y la protegías.
“Te odio”. Letra tras letra impuesta una a una adquieren ser con la intencionalidad merecida dentro del mismo recinto anteriormente referido. “Te detesto”, otra frase que fenece. Continúa escribiendo pero ahora si me atrevo a mirar todo lo que hace, aunque tal vez ella ni lo note. Las frases morían pero de una manera extraña: no eran rotas ni botadas. Sofía escribió otra frase que no alcancé a leer, la cual arrancó y como empachada fue la última, el último recuerdo que se devoró. Pobres, en ti estaban todas las frases, papeles insípidos que creía perdidos.
Sin más, al lado del cigarrillo consumido que te había yo retirado —porque sabías lo mucho que detestaba que fumaras— se encontraba otro libro con la misma carta que usaste a la hora de la cena, la cual había yo firmado hace meses. ¡Je! Es que uno se siente tan bien de ser recordado e incluso de recordar el argumento con el cual alguna vez te dejé.
“Mi querida Sofía, llega el momento en que la exigencia del trabajo y la gente que te admira te obligan a un desmesurado esfuerzo; llega uno a hartarse hasta decir, ¿de qué me sirven mis malditas obras? Temo decirte que las posibilidades que siempre has odiado acerca de mi estancia en este lugar están a punto de desvanecerse. Me han encadenado a sus pico, lejos de ti... de tus ojos y tus besos sin poder elegir. Dirás por qué, me maldecirás tal cual, me indagarás cómo, y yo sólo me ausentaré sin darte un último beso, sin poder leer de mis propios labios esta carta. Tú sabes ahora lo lejos que estoy, lo mucho que te extraño pero esto y aquello es imposible. Detesto la distancia. Durante las afanosas y ásperas noches, me es muy difícil conciliar el sueño y hay algo que inesperadamente lo logra: el fastuoso cuento de hadas que juntos creamos y el capítulo en que lo dejamos con un amargo separador, como algo tan preciado, como un recuerdo dulce que perdurará en nuestra memoria. Sabes que siempre vivirás en mí, no importando mi situación. José Manuel.” ¡Qué curioso! Incluso puedo recordar mis errores léxico-gramaticales que cometí aquella vez al escribir la carta... mis lapsus cálami que en conjunto también dicen algo.
De un cajón, Sofía extrajo un gotero. Con aquel líquido empapa la carta que acababa de leer. Gota a gota, y después un chorro, se expanden e infestan el soporte de manera uniforme. Un elixir clorhídrico que lo único que hacía era justificar tanta erudición y la temática concreta de los libros de ciencia que tenía, los cuáles eran fíeles amantes de Sofía. No la pude detener pues había ya ingerido su última cena. Satisfecha, sentóse a leer de nuevo mí libro, La Insipidez del Recuerdo, el cual curiosamente poseía las páginas enteras. Sofía espera el triunfo de la muerte. El dolor inminentemente llegará. Mejor durmamos y apaguemos la luz para descansar.
“Pues ya había tragado la carta junto con la ponzoña de su sueño de oficio, para arrinconarse tranquila y posarse en una silla para leer aquél, aquél que lleva el título de éste: La Insipidez del Recuerdo. Cuánto numen necesité para escribir la palabra elixir, mismo que debiese ser la expiación catártica, porque como escritor eres capaz de acabar con su vida. Fue la misma cantidad de inspiración la que me llevó a confesarme contigo, a confesar mi mentira aunque sepa en el fondo que ha transitado como verdad irreal. Muchísimas gracias. Atentamente, anónimo”.
Reporteros, camarógrafos, escritores, artistas y medios se congregan en la presentación del libro Antología #9 del programa “Para leer de boleto del metro”, en el cual el escritor José Manuel Blumenkron participó con su obra La Insipidez del Recuerdo. Los haces lumínicos de cámaras fotográficas impactan sobre los invitados en la mesa y específicamente sobre Blumenkron, un individuo de 60 años aproximadamente quien se muestra taciturno. Cuando concluye la moderadora con la presentación referida anteriormente, se le otorga la palabra al escritor. Este, ensimismado, no reacciona de facto sino que tarda en agarrar el micrófono.
— Es así como puedo resumir la obra —decía— por lo que agregué al final de la misma esta dedicatoria a todos mis lectores; así pues, no los canso más con mis palabras. Pareciera que Blumenkron da por terminada la mesa por lo que todos comienzan a movilizarse, pero los medios se muestran hostigantes y se acercan a la mesa a cuestionar al escritor. Entre ellos sobresale un reportero, es un hombre de unos treinta años que sube la voz para hacerse notar. Le llamó tanto la atención su insistencia que concluye por hacer un ademán para que lo dejen hablar. Blumenkron es tan respetado que la gente y los medios lo obedecen, por lo que se invita a que lo dejen solo a él hacer la pregunta.
—Sé que va a sonar raro para usted, maestro, pero en mi mente asalta una duda ahora que tuve la oportunidad de leer la obra. Es con respecto a qué lo orilló a escribir La Insipidez del Recuerdo. ¿En qué respuesta cabe mi cuestión? ¿Fue inspiración real, imaginaria, alguna experiencia personal o algo que supuso pasó sobre algún hecho de la vida de alguien o la suya? Realmente, ¿existe o existió Sofía? — la pregunta deja estupefacto al escritor. Se siente intimidado y nervioso pero pareciera salir airoso.
— ¿Por dónde empezar? Recuerdo a mi padre, cuando vivía me decía que siempre tenía que ser objetivo con mis explicaciones, nunca contestes sin contestar, argüía. Estaría decepcionado si me escuchara ahora.
Entonces su semblante torna hacia una sobria seriedad. —No lo sé, no logro entender todavía por qué escribí eso, no logro entender por qué estoy aquí. Si te dijera que ha sido una transición psíquica de un personaje ficticio no sería coherente.
Finalmente, su seriedad comienza a tornar en evasión y melancolía entre argumentos fútiles. Continúa con frases similares y termina impávido, mudo. Era un momento muy extraño. Pareciera entrar en un estado de trance análogo al de alguien que se confiesa.
—Yo ya estoy viejo ... y también muy enfermo, y... mi mente... no coordina ni el pasado, ni sus recuerdos o la memoria. ¡Por favor, por favor! —entonces Blumenkron entra en una desesperación y está a punto de llorar —...mi obra, mi Sofía, ¡¿qué fue?! No lo recuerdo.
Sus ojos que se fueron llenando del medio acuoso del alma hasta finalmente expulsar únicamente dos lágrimas y él, postrado, totalmente estático.
Únicamente una conclusión: la ovación del público.





“¡Lleve su periódico, con detalles de la masacre donde hubo 30 muertos!”, se escucha un clamor gastado por los años, la que grita es una mujer de 67 años; en sus manos marchitas lleva la derrota de aún no vender un solo ejemplar, con mirada más triste que la mismísima soledad que no se quiere, la miseria cubriendo su andar, sus pies morenos intentando protegerse en unas rotas sandalias que dejan ver el paso implacable del tiempo, anda cansada y se tiene que recargar junto a una pared, ahí pone su bolsa de mandado que tiene los 100 periódicos que debe vender para comer este día. Su voz ya cansada sigue gritando: “¡Lleve su periódico, con detalles de la masacre!” A estas horas Indios Verdes es un mar de gente. Adriana, que tiene 8 años y estudia en Cuautepec la primaria, mira a la anciana y el título del encabezado, imagina y le pregunta a mama: ¿Mamita, cuál es la tragedia: la señora que vende el periódico o cómo le va a explicar el señor farsante que sale en la televisión a sus hijos, que mandó matar a 30 personas?

"La guadalupana, la guadalupana, la guadalupana, bajo al Tepeyac"... Joaquín deja escapar una maldición ruborizada hacia esas personas, son miles, van en peregrinaje sobre Insurgentes Norte y se dirigen a la Basílica de Guadalupe, se aprieta la cara, esta furioso, les hubiera recriminado, pero se detiene, pues el taxista lleva una imagen de la Guadalupana colgando del retrovisor, junto a una patética aguilita que tiene el uniforme del América. La tonada le resuena en la memoria porque de niño la coreaba para que su tía Rosario presumiera que era el niño que más canciones y oraciones del catecismo se sabía; suspira con coraje y recuerda que por esos años, sólo quería jugar con Janet a las "escondidillas". Voltea a la peregrinación y ve a Lupita; mujer que anda desde un pueblito de Morelos llamado Anenecuilco, viene cargando un hijo en las espaldas y otro agarrado de la mano. Solo mueve la cabeza y piensa que ir caminando en las peregrinaciones es un esfuerzo sobrehumano por supuestos favores recibidos, al frente de los humildes van encabezando un par de "padrecitos" que ocultan su vicio por el dinero y los niños desnudos tras la sinceridad en la fe de las personas; a Joaquín le molesta todo; ya que el ni cree en dios y lo peor, llegara tarde con Karina. —¿Oiga jefe, me puedo fumar un cigarrito?, le dice al chofer del vocho verde —Échele joven, además yo creo que todavía vamos a tardar un ratotote. Saca su cajetilla, solo hay 3 cigarros, vuelve a mirar los rostros cansados de la gente pobre; piensa que cada quien decide en que creer, ellos en una estampita de 2 por 10 pesos y él prefiere las bondades de una mujer, la literatura, lo útil de la protesta y la sabiduría del pulque. Abandona su mirada de la peregrinación y sólo piensa en las piernas de Karina que lo vuelven loco, ella es la esposa de Issac, el mejor amigo de Joaquín, pero no le importa, esa mujer lo ha tenido perturbado desde que la conoció en aquella cena, donde por inseguro prefirió presentarle a Isaac en vez de tratar de conquistarla. Su cita, en el metro Deportivo 18 de Marzo, ella trabaja como maestra de Matemáticas en la Prepa 9, esta ansioso de verla, de repente suena su celular. —¿Dónde estas? — pregunta Isaac a Joaquín.

La hora acordada son las 7 de la noche en la esquina de Manuel González y el Eje Central, en el parquecito. Ana María no es la misma, ahora tiene 2 libros publicados, es una reconocida doctora y cumplió su sueño de conocer Europa; el paisaje también ha cambiado, ahora, hasta había metro. Ella cree que la estación Tlatelolco debería llevar otro nombre. Todo está transformado. Menos esa fecha, es un día especial en todo el año, se ha convertido en un ritual (año con año lo hace), Ana María llevando un morral gris, con el mismo libro de poesía, la bufanda de él y 4 naranjas, porque le gustaban mucho a Rubén. A pesar del tiempo, está segura que en cuanto se vean correrán a abrazarse y demostrar que el tiempo sólo pasa cuando uno quiere. Ya es tarde, Ana María tiene que irse, son las 9 de la noche y la lluvia aparece junto con un frio tremendo. Aunque la pone contenta imaginar que tal vez Rubén estará en algún pueblito, hablando y haciendo soñar a la gente con los cuentos que él decía. Para ella, la tragedia es que Rubén no llegará a la cita, como no ha llegado desde aquella tarde del 3 de Octubre de hace ya 39 años; se marcha y se pregunta si él aún vivirá...

“Donde te prestamos, para que puedas comprar, todos tus sueños”, dicta el enorme espectacular colocado en la entrada del banco, que increíblemente se llama Banco México, aunque los millones de pesos en ganancias son en un 98% de hombres extranjeros que se complacen de su lucro en Europa. Pasan de las 8 de la noche, para Mariana es su primer día como cajera en la sucursal de avenida Chapultepec; es de tez morena, hermoso cabello, delgada, trasero deseable, y en su mano derecha lleva pulseras de varios santitos, incluyendo por supuesto a San Juditas Tadeo. Salió del trabajo tarde porque era quincena y corte de caja, además para ganarse al jefe ofreció quedarse con Julieta para finalizar los cortes. Al terminar, camina al metro Balderas, para llegar a Pantitlán y llegar a su casa en la Agrícola Oriental. Duda pasar por esa angosta calle, por que la luz es casi nula, pero ya quiere "descansar"; entra por esa calle oscura. De pronto, 3 hombres encapuchados, que destilan la perversidad sucia en sus cuerpos, la someten, la ultrajan, violentan su ser, ese que tantas veces había acariciado con ternura su novio Daniel, abusan de ella sin piedad. Mariana queda embarazada. La pulserita queda manchada del sudor de sus abusadores, ésta vez San Juditas no pudo hacer nada. La desdicha es que dentro de 9 meses Mariana morirá mientras da a luz a Esteban, pero lo que más le dolerá a Daniel a quién no le importara la violación y será su esposo, es que ellos confiaron en ese "Seguro para todos" que un señor de traje grande en la televisión, decía que daría cobertura de salud a los más pobres. Mariana morirá por negligencia medica y por creer en ese gobierno que miente sin descaro, pero la verdadera tragedia, es que Mariana, si quería ser mamá de Esteban...


Al fin suena el teléfono. Contesta Samanta, aunque su nombre es María Cecilia, pero le recomendaron que alcanzaría mejores clientes, si en el anuncio de servicios sexuales del Internet ponía un nombre más sensual. “Samanta mujer candente, hazme tuya, piel morena, caderas y senos de ensueño, no dudes en llamar, no tengo limites”... Quién le marcó al celular, pregunta si es cierto que no tiene límites, ella nerviosa dice que así es, “no tiene límites”. Anota la dirección y torna taxi para asistir al encuentro. Llega a un departamento que está en el edificio de afuera del metro Zapata. Tiembla, se da cuenta que si tiene límites, pero no puede retractarse, si lo hace, seguramente ya no será publicado su anuncio, no puede darse ese lujo, menos ahora que debe la renta, el teléfono, ¡ah!, y la luz también. La persona que llamó, la recibe con un beso en la mejilla, una rosa y una melodía. Cecilia, no Samanta, tuvo sexo e hizo el amor, todo con la misma persona y al mismo tiempo. No había sentido tanta ternura con un cliente, ni con nadie; ningún hombre la ha hecho sentirse amada y deseada como esa persona lo consiguió. Pero Samanta había roto la primera regla de una prostituta, según le habían dicho: “nunca te enamores de un cliente”. Durmió y descansó como nunca, despertó y vio la silueta de la persona que pagó por sus servicios reflejada en la puerta del baño. Cecilia tomó sus cosas, que sólo era una bolsa negra con un labial, 2 condones, papel higiénico y unos chicles (nunca deben faltar los chicles). Pintó en el espejo del mueble "GRACIAS", y dejó los 800 pesos que había cobrado por el servicio, en el buró donde estaba aún la ropa de Brenda Elizabeth. Antes de salir miró la hora, era tardísimo, ya eran las 6 de la mañana y tendría que llegar a su casita para llevar a Sandra, su hijita a la escuela. En ese momento está segura que no ha roto ninguna regla, Brenda Elizabeth no es un cliente.

Sus manos tiemblan, tiene los labios secos y respira aceleradamente. Ramón esperaba que entre las viejas viviendas de cartón, las calles sin pavimentar y el Bordo de Xochiaca, sería más difícil que lo encontraran. Hace casi 2 meses que habita en esa esa casa solo. Lo que no sabia, es que lo habían seguido desde esa la vez que se vió con Flor en el metro Copilco, abajito del reloj. Se asoma discretamente a la ventana y observa 2 camionetas de color negro, ninguna tiene placas; le invade el miedo y por reflejo cierra los ojos, los aprieta. Entonces comienza a viajar por sus recuerdos. Itzel negándole el amor en segundo de primaria, el penalti que falló cuando tenía 13 años, el beso que dio a Isabel esa noche de enero, su madre recriminándole no haber estudiado Medicina y haber llevado una vida más tranquila, el libro que hablaba acerca del movimiento estudiantil de 1968, las ideas que aprendió en su clase de historia de México, la madrugada en que hizo el amor con Azucena, su compañera de la prepa que había conocido en la huelga que los llevó a encontrarse, los nervios que sintió aquel día que por primera vez tuvo una arma entre sus manos y esa tarde en el mirador que está por el Ajusco, donde le había prometido a Flor que cambiaría y ya no seria necesario que se escondiera. Pero lo que más le dolía era que a sus 23 años no volverá a sentir el mar entre sus pies, acariciándolo, protegiéndolo. Llora con rabia. De repente, se escucha como entran a la casa, es inútil intentar escapar, vienen por él, los muy desgraciados lo habían encontrado. Se acaricia la espalda del lado izquierdo justo donde esta su tatuaje, y ve entrar a 5 hombres encapuchados y armados con pistolas, lo toman de los cabellos y comienza golpearlo brutalmente. Sólo hubo preguntas e insultos, fue torturado durante 7 horas, el recuento es: 14 quemaduras de cigarro, una costilla rota, el dedo índice de la mano derecha tirado por el excusado, su espalda destrozada por las raspaduras que le hicieron al arrancarle de la piel su tatuaje que decía: "Ser pueblo, hacer pueblo y estar con el pueblo"; golpes por todo el cuerpo. Pero lo que más le dolió antes de morir fue la amenaza de que sería peor para Selene su novia, en caso de que la encontraran. Ramón era un joven de una colonia popular, estudiante de la Universidad, trabajaba medio tiempo en un puesto de comida, le gustaba el pulque y un poco la marihuana, amaba a 3 mujeres, le iba a las chivas y estaba a punto de terminar un libro de poesía. Pero cometió muchos delitos. Y lo peor para Ramón es que también era guerrillero; lo fue desde el momento en que se hartó y luchó, porque no soportaba la pobreza que miraba en su gente y un día de Diciembre se juntó con Tomás, Ricardo, su novia Selene, Israel, Gaby y Francisco que eran amigos de la Universidad y pensaban como él, se organizaron y robaron un banco. Al otro día, el dinero del atraco lo pusieron debajo de las puertas de las chozas más humildes de una colonia de Ecatepec, junto con un manifiesto donde explicaban sus razones de por qué habían decidido tomar las armas no por gusto, sino por necesidad. Esta acción la repitieron 8 veces en diferentes estados, después realizaron otras operaciones y fue cuando comenzaron a buscarlos. Hace tiempo que andaba escondido y no veía a sus compañeros; el tirano fue cruel, lo torturó en demasía, pero no dijo nada, él sólo seguía pensando en que no cumpliría su promesa a Flor. Ramón murió y la tragedia para su familia es que jamás encontraran su cuerpo...








Eran las ocho de la noche según mi reloj, fue cuando acabó la fiesta, la mía porque de la otra y de Carla no supe nada, tampoco de mi “amigo”. Camino a mí casa en el burocrático metro, vi a unos cuates “al parecer hombres”, que se estaban dando tremendo “agasajón”, no les di mucha importancia pero de inmediato un impulso de mis entrañas para expulsar: un escalofrió y un asco que sentí de repente se vio reflejado –broajj broajj broajj– una y otra vez saqué una mezcla: naranja, babosa con trocitos de no sé qué y un olor ácido que me provocaba seguir y seguir vomitando. Al levantar la cabeza se habían abierto las puertas y vi la figurita extraña que tiene cada estación, al ver la figurita me familiaricé con ella y me di cuanta que ahí bajaba, ¡pos que me salgo corriendo del vagón!; al salir del túnel subterráneo una oleada de aire frió parecía llevarse mi alma pero me la regresó con más vigor.
Me sentía más vivo pero al verme en el espejo de un carro vi que tenía aspecto como de zombi, así que decidí sentarme un rato y empecé a vagar en mis pensamientos. A unos cuantos metros de mi vi como se paró bruscamente una motoneta: moderna y de color amarilla en la que viajaban dos individuos (muy jóvenes) de tez morena, mediana estatura, vestían gorras mal puesta pantalón y camisas muy holgadas y con tenis que se les dibujaba una paloma, lo que más me llamó la atención fue el grabado de sus camisas, uno tenía a la "santa muerte" y el otro a "san judas Tadeo" (por lo que sé son santos muy venerados por el pueblo mexicano); los mismos santos colgaban sobre sus cuellos acompañados por la virgen de Guadalupe, el que estaba sentado en la parte de atrás se apeó rápida y ágilmente de la motoneta mientras el otro esperaba con el motor encendido, el primero desenfundó una pistola corta mientras se acercaba a la parada del RTP donde se encontraban dos muchachas y un adolecente, todos con audífonos en los oídos, les apuntó con el arma y les gritó -¡¡ya les cargo la verga, saquen celulares y carteras!!, todos con movimientos rápidos pero titubeantes les dieron lo pedido y varias cosas más (“por si las dudas” creo que pensaron eso, y también en sus familias y posiblemente se les vino a la mente su vida en un segundo), sin más el individuo se echó a correr, montó la moto y se fueron perdiendo entre las calles a toda velocidad, mientras sus víctimas se quejaban y blasfemaban por lo ocurrido. Me paré y decidí caminar en dirección a casa de Carla, caminé unas cuantas calles y antes de doblar la esquina oí el rechinido de unas llantas acompañados con unos gritos de mujeres, instantáneamente volteé pero el trolebús me impidió ver lo que ocurría, finalmente se movió y me dejó ver el humo de los neumáticos quemados en el pavimento por un microbús, enseguida el chofer (aparentemente de unos 16 o 17 años) emprendió la partida, al parecer de un atropellamiento, sin ir a chismear como la gente lo estaba haciendo, supe que ocurría, cuando una señora gritó -¡un niño, es un niño!- me hizo recordar a mis hermanitos pero ¿que iban a estar haciendo ahí? Me quede ahí un rato a ver que pasaba y vi como se iban acumulando más gente alrededor del accidentado y se me hizo gacho ver como, en ves de estar ahí viendo nada más el accidente mejor llamaran a una ambulancia. Yo... yo no podía tenia prisa, tenia que ir a casa de Carla.
–Hubo un accidente– dijo el tío pedro– allá abajo en la avenida, a uno de tus hermanos... lo atropellaron- la sangre la sentía fría y los huesos duros, me quedé paralizado; me explicaron lo siguiente: –tus padres te fueron a buscar, no sabían nada de ti, estaban preocupados, con la discusión que habías tenido con tu padre en la mañana, pensaban cosas malas, en la avenida se le echó a correr uno de tus hermanos... un microbús lo atropelló, el chofer que iba manejando se fue a la fuga, tardaron mucho en llamar a una ambulancia y ahora están en el hospital y no sabemos como esta el niño- después de lo explicado me pidieron que me tranquilizara y que me acostara, no sé por que me pidieron eso si yo sólo estaba sentado viendo hacia el piso y recreando la escena del accidente.
Me recosté en la parte de arriba de la litera de mis hermanos, pues mi cama estaba ocupada por mis primos, no podía dormirme y media hora después mis tíos ocuparon la parte de abajo de la litera, no pasó mucho tiempo después de que se reincorporaron mis tíos y empecé a oír susurros y jadeos cada vez con mayor intensidad, la litera empezó a estremecer, fue entonces cuando oí –¡vente mamazota vamos hacer el rencor!– supe que mis tíos tenían la intención de tener un encuentro cercano del tercer mundo, sin importar lo que dijeran, bajé de la litera bruscamente, me puse mis zapatos y salí de la habitación, así como de mi casa. Empecé a caminar sin destino ni dirección; llegué a una avenida, del otro lado de la misma habían unos cuantos puestos de comida y mucha concurrencia entre los mismos, antes de que el aparato tricolor cambiara a luz verde para que pudiera pasar la avenida, vi venir una motoneta con dos tripulantes a bordo, frenaron bruscamente enfrente de mi; el que iba en la parte de atrás desmontó de la motoneta, desenfundó y me apuntó con una pistola y me dijo que le diera lo que trajera. (Salí de mi casa, no había tomado nada de mis cosas), así que le dije que no tenia nada, giré, di unos cuantos pasos, me tomó por detrás y empezamos a forcejear... se oyeron tres disparos, ninguno de los dos hizo más movimientos, mi agresor tenía cara de espanto, guardó el arma en su cintura abordó la moto y desapareció mientras yo caía lentamente; unos minutos después un par de docenas de personas me rodeó y hasta ahora estoy esperando que alguna de ellas haga algo, que llamen a una ambulancia, que me asistan, pero no veo que hagan nada, más que verme, creo que me han de estar inventando una historia y se preguntarán ¿por que estoy en esta situación?, qué si mis padres no me cuidan, que si era un mal chico, si me drogaba, si me enamoré, si tuve relaciones sexuales o ¿qué sé yo?. Para todas estas personas soy la tercera persona del singular y nos les importa lo demás porque la primera persona del singular está bien, mientras que para mi todas las personas del singular y del plural con excepción de la primera del singular: hoy es un día común y corriente.





—La última y gran Europa; la América sin conquistar; el mundo árabe en su gloria; toda la India; el lejano Oriente con todo su conocimiento; Mesopotamia y Egipto con el suyo; y toda esa conceptualización nueva del hombre que englobaba el conocimiento humano existente expresado por medios artificiales, y que con mi ayuda, dieron paso a esta realidad y su hecatombe... ¡qué tristes fueron! Ni mil Renacimientos podrán ya revertir el proceso de extinción; ese proceso largo que me llevó al preciso momento del extenso y reflexivo expresar de mi presente, mi lamento y pesar. Pero optaron por inclinarse por lo majestuoso de mis ojos que no vieron, mis sensuales caderas que nunca tocaron y ante el fuego y hierro de mi impiadoso corazón—. Y parpadeaba lento como no queriendo abrir los ojos pero muriendo en cada chispazo de oscuridad. — ¡Oh —dijo y alzó los brazos al viento—, que se sabe o se conoce que me impresione o me decapite, pues lo “todo” se cimentó en mí! El progreso fui yo y nada más—. Mientras, temblaban lo que podríamos decir eran sus labios. Se levantó. Rompió la silla infinita donde yacía sólo con dejarla de pensar, y dijo:


















Por Brenda García Rosas





lunes, 13 de febrero de 2012

Amar en tiempos del Web 2.0

Si te enamoras en un mall, o en un
Shopping center, cuida tu cartera.
Si te enamoras en un putero
Te la tienes que enmicar.

Si te enamoras en Facebook o Twitter
Primero cítala a desnudarse en un videochat
Pues luego no te sorprendas si la tiene más grande que tú.

Si te enamoras de una mujer de la tele
Asegúrate de hacer buen uso
De tus 15 minutos de fama
Pues es el cuarto de hora
Que más rápido se acaba.

Si te enamoras del amor
Ten en cuenta que el amor
A los quince minutos
Te traiciona

De todos modos no tengas miedo
A enamorarte pues a eso venimos
Al mundo:
A romper corazones
Y a que nos lo rompan.

domingo, 14 de agosto de 2011

El Miniño


El Miniño

Por Don Mario Ramirez Centeno

1a Entrega

1a Edición Digital
2a Edición General

Copyrigth 2000 Mario Ramirez Centeno
Fundación Arte, Cultura, y Sociedad A.C. Respalda legalmente el trabajo del autor.


Nota a la edición:
Este libro es una “Navela”, hecha para el viaje, y ha sido plagiado de múltiples maneras como la del robo de la personaje “La Reina de los Barrios del Norte” hoy transmutada por los ladrones de Pérez Reverte, las editoriales que la han publicado y las televisoras que la han vuelto telenovela y película como “La Reina del Sur”. De igual manera múltiples películas sobre el narco en Hollywood y ha sido fundador del hoy género de la “narconovela”, disfruten esta edición de lectura libre, que busca volverse mediática, multimedia, webart y on line, restringuido sólo en cuanto a la reproducción. Será presentada bajo entregas en esta versión revisada.


Apuntes acerca de la Narconovela y la Navela “El Miniño”

Estableciendo distancias y señalando paradigmas, así como derribando clichés y acusaciones falsas, se podrían decir muchas cosas en torno al fenómeno mundial de este, hoy considerado, subgénero literario transitorio. En primer instancia, aunque se ha señalado que el mercado de la narconovela pretende ser el clasemediero semiilustrado del centro del país, lo que es cierto es que este subgénero, como fenómeno de mercado se consume más en otros idiomas como un producto cultural para conocer el mundo “hispano” o latino. Novelas como las de Elmer Mendoza o las de otros del mismo tipo, rayan en un costumbrismo muy al estilo de Truman Capote e incluso dentro de la misma tradición del realismo costumbrista mexicano de novelistas como Luis G. Inclán y Mariano Azuela. Fuera un tanto de ese costumbrismo y ya dentro de aspectos relacionados con la literatura de la onda estan novelas que tocan el tema muy adentrados como “El cadaver errante” de Gonzalo Martré y otras literaturas que lo tocan de soslayo o como contexto pero no como tema.
El caso de “El Miniño” es el de una “Navela”, o dentro de la tradición de las “antinovelas” y las “nivolas”, presenta una libertad absoluta de estilo que sólo su caracter experimental y posmoderno le da ese permiso dándose el lujo de verdaderos experimentos gramaticales donde juega con las convenciones de la prosa, no sólo eliminando al narrador, sino incluyendo juegos de palabras, albures, groserías, canciones, poemas performativos, performances linguales y experimentos de diversa índole llegando al extremo delirante de mezclar diversos elementos del realismo sucio americano y el realismo mágico latinoamericano, que incrementan la tensión narrativa con dramáticas fabulaciones siempre girando en los flashes estrámboticos y estrobóticos del narco mexicano, mientras juega con la simbología y la mitología de las religiones diversas del narco en estas latitudes.
Se ha acusado a la "narconovela" de mil tonterías, como que promueve “valores” pervertidos de la sociedad, que es “una apología del crimen”, “escuela del crimen y la prostitución”, pero ni los escritores, como artistas, están obligados a jugar el papel de sacerdotes, policías o jueces para promover una moral determinada y conveniente sólo a algunos manipuladores sociales, ni son criminales y, por lo mismo, mucho menos “maestros del crimen”. Acusaciones de ese tipo sólo buscan detener su éxito de ventas y reprimir con una cacería de brujas injusta a un arte que busca expresarse.
El papel de los escritores no es el de los políticos, aunque sean políticos, al momento de escribir, lo hacen en primer instancia como una “necesidad expresiva”, utilizando una herramiento de uso social común que es el lenguaje, para comunicarse relativamente claro con sus lectores y hacerlos disfrutar o conmocionarse con sus historias. Y contar historias es fabular, especular, jugar con la belleza y fealdad del mundo, y con los siglos de desarrollo de técnicas literarias, como parte de una disciplina artística como oficio o cofradía, no como propagandista de un partido político, una secta determinada o una moral grupuscular, sino para hacer arte. Ni siquiera el betseller más espectacular del mundo puede aspirar a convertirse en el dictador político más influyente, o el jerarca religioso más convocante, porque los lectores de arte, los consumidores de arte no son tontos a los cuales se les pueda “adoctrinar” o pretendidamente “educar” con alguno de los esquemas ideológicos hegemónicos que se quieren instituir como el “saber” de la humanidad, disfrazados de “novela” o arte literario. Ya pasó la época en que los que se dedicaban a escribir buscaban crear “libros sagrados”, importantes en muchas culturas pero que en otras, como en la hegemónica cultura occidental cristiana, sólo son una mercancía ideológica más.
El arte si influye en sus consumidores, no digamos que no, pero es un fenómeno dialéctico en el que el arte primeramente es influenciado por un consumidor que se mira “reflejado” en la obra de arte y que al ser “retratado” por el arte es influenciado a su vez, para luego volver a influir en el arte, en una correlación sin fin.
Finalmente, eso de que “pronto” va a acabar, depende de la longevidad del “narco”, para seguir dando temas y depende de que dejen de prohibir drogas o cualquier otra cosa, pues el pueblo siempre ha sentido simpatia por el “rebelde” y el “antihéroe”, pues lo ve como un ejemplo de libertad en contra de la opresión. En la historia del mundo la relación entre drogas y arte y específicamente drogas y literatura esta establecida desde hace siglos o ¿también son “narcocultura” y hay que prohibir los bellísimos poemas de Charles Baudelaire que escribía influído por el laúdano?, droga ya en desuso, ¿o hay que prohibir la bellísima novela de “Alicia en el País de las Maravillas”, porque su personaje consume galletas con droga y toma botellitas de jarabe - otra droga - y seguramente fue influída por hongos alucinógenos que cambiaban la percepción del escritor? Se tendría que encerrar en la cárcel a millones de indígenas de México, consumidores de hongos alucinógenos, como enteógenos o plantas sagradas, patrimonio intangible de su civilización asesinada, sólo porque un paria de derecha que ni estudió secundaria cree que eso es “malo” para la moral de la juventud y los mexicanos, como aparentan ser los denostadores de la “narconovela”.

Atte. Editorial Cibertaria





Dedicatoria de la obra:
Al misterio de la anémona que me da vida
en el mar de la existencia.
A quiénes comprendieron que un sentimiento
amable es una riqueza,
en este mundo depredador, gracias.
Al amor aunque no exista.
A la literatura aunque sea infiel.



“ Cierto, había existido un tiempo en que para ella vivían las muñecas, los dibujos y las figuritas; un tiempo en que si ponía un trapo, una botella, una charolita, o un sombrero al revés, sobre su cabeza y gritaba: “Pan caliente”, verdaderamente portaba una canasta atiborrada de bolillos, hojaldras, alamares, torcidos, amantecados, roscas y teleras; un tiempo en que si ella tomaba un baldecito de lata, o un pozuelito de madera de naranjo y lo acercaba a los labios de su rorro, el rorro se empinaba la leche y engordaba real y verdaderamente; pero ahora esta idea de poseer una madre como una muñeca no la podía sanar, y sólo había acudido a servirle como un sueño y la había consolado nada más mientras la había tenido separada, por este medio de la realidad. Pero la realidad volvía, volvía y con un soplo de muerte disolvía el delirante bálsamo de esta pueril quimera transitoria.”



El Miniño


¿Te acuerdas del callejón? El que siempre sueño dentro de una ciudad, suma de todas mis ciudades vividas. Adonde no encuentro lo buscada, pero ando desesperada, sin recordar ni mi nombre. Es el de acá, el de la casa de piedras. Pues ahí empezó todo. Recuerdo que cuando era niña, de pronto mi padre empezó a traerme juguetes muy raros y ninguna niña de por ahí los tenía iguales. Me enteré después de su precio enorme para los bolsillos comunes, pues mi padre desde entonces ya andaba haciendo de las suyas. Luego nos cambiamos de casa, muy cerca de la de piedras. Esta otra también era de piedra pero labrada. Hacia allá vamos. Ahí llegaba gente de todos lados y salían y entraban un montón de carros. La gente igual, aparecía, se quedaban platicando un tanto y luego se iban, unos más feos que otros, pero no importaban. Siempre hubo dinero para mis deseos, eso era lo importante. Así crecí, con la gente bendiciéndome en las calles, con los mejores juguetes y muñecas admiradas por las niñas vecinas, rodeada de sirvientes todo el tiempo, ayudándome en todo, incluso para espantar a los escuincles payasos o las escuinclas envidiosas.

Llegué a la adolescencia y me empezaron a intrigar los hombres, tuve varios novios pero me mantuve virgen hasta la juventud, fue cuando empecé a espiar a Guadalupe. Él andaba de jardinero y todos los días se bañaba encuerado en el tilichero del rincón del jardín. Una vez me hice la aparecida cuando se bañaba y le pedí refrescarme porque hacia mucho calor. Me llegó un sentimiento muy dulce y a la vez me puso muy nerviosa el verle la serpiente colgándole entre las piernas y que, al encuerarme, cobró vida y se levantó para apuntarme, como oliendo, como husmeando, como queriendo atacarme y meterse hasta mi alma. Se me acercó y perdí de vista su animal que me inquietaba, mientras se me arrepegaba como si siempre hubiéramos sido lo mismo y alguien nos separó. Sentí cómo se me abrian los bordes de mi sexo, parecidos a unas alas y muchos apetitos en el vientre. Luego algo que se me introducía ardiente por ahí, para alcanzar el deseo en mi cueva y adiviné a la víbora de Lupe, febril, abriéndose paso para llegar a devorar eso que la esperaba.

El ardor se transformó en dolor luego nuevamente en un ardor tormentoso. Me quise despegar y Guadalupe ya no me dejó. Me agarró con todas sus fuerzas, mientras temblaba de todo el cuerpo y yo me dolía del ardor en mi sexo. Me besaba hablándome cosas dulces, mientras yo empezaba a llorar de dolor y miedo, con un dulce mareo que me emborrachó desde sus besos, en eso se puso más loco y arreció, como si lo hubiera adivinado. De pronto, el dulce mareo, poseso de mí, y el ardor, se juntaron. Sentí una ternura penante y también me agarró la locura que todavía no me abandona. Una locura en el vientre, más fuerte que las ansias, una desesperación por devorárselo todo, por todos mis agujeros, arrebatándome para quitarle su hambre a la serpiente de Guadalupe. Al arrecio de su bamboleo me dieron ganas de orinar, y fue cuando empezó a morderme, entonces me enojé, por lo que decidí miarlo, mancillarlo, humillarlo con mis orines, por lastimarme así, pero en vez de salir agua sentí que se me escapaba de mi sexo un amor sin fin, como si fuera agua, rumbo a drenarse en su culebra, dura, quemante, ávida, totalmente mojada en mis jugos, bestial, con una pelambre deshonesta, hirsuta, contrastando con mi boquita entre las piernas, con mi panochita dulce a la que apenas le crecían los pelitos, pues siempre he sido lampiña.

Era un amor donde gemía con un placer total. A la primera, Guadalupe me había poseído hasta el alma. Toda la semana me la pasé visitándolo y al tercer día me entró un ardor incómodo que no me dejaba, del cual sólo estar sentada en el baño me lo calmaba un poco. Le reclamé a Guadalupe, con la acusación de haberme desgraciado al podrirme las entrañas con su culebra. Me trajo unos medicamentos y poco a poco se me fue desapareciendo, Ah, mira, ésa es la casa de piedra labrada, aunque ya le cambiaron varias cosas, además de estar más vieja, pero esa es, ésa es mi casa. Dale la señal a la avanzadilla para el despliegue y que unos veinte camaradas de la unidad guerrillera de infantería, se dirijan a la retaguardia. Todos los demás vamos a entrar abriendo fuego.

                                        Esa mota estaba chida. Nada mas sentí como me ardió la garganta y en un ratito ya tenía la boca seca y me estaba riendo de cualquier pendejada, con la gracia de las cosas que no sirven para nada, pero te mueven a una risa de una felicidad casi olvidada, hasta en ocasiones que da miedo, de tan escondida. Salimos del callejón y echamos a caminar por la cuesta de la colonia y los pies ya los sentía pesados, pesados, como si la fuerza de la caminata me enterrara hasta las pantorrillas. Cuando doblamos no se qué esquina, el olor de las garnachas se me clavó en el estómago con mucha fuerza, como cuando a los olores les crecen uñas y dientes, te muerden, te persiguen hasta hacerles caso para ponerte fino con unos sablazos de quezas. Dos de los nuevos quisieron detenerse pero alguien los jaló para evitar el bajón – tanto que nos costó el tubo de marihuana y estos majes -. Casi llegábamos a la mitad de la vela de marihuana, cuando nos detuvimos a esperar a que pasara el tren, según recuerdo, maniobrando y maniobrando, haciendo pasar las horas vertiginosamente, mientras nosotros lo mirábamos como ondulaba, tal cual si fuera un reflejo de agua y no un montón de fierros tronadores y viejos que bufaban quién sabe cuántas chingaderas. Bueno, yo lo vi ondular no sé esos güeyes... Yiii, me acuerdo del Greñas, al pararse en la virgencita ésa, que pusieron en donde estaba el basurero y poniéndose a rezar todo nervioso. Luego nos dijo que se paró, pórque le vió dos cuernos a uno de los garroteros, pero según parece era su primer toque de buena marihuana y nunca había viajado tan suave. Eso de los cuernos, en realidad había sucedido una noche de delirum tremen, de, de, de-li-ri-um tre-mens, delirium tremens, cuando andaba de briago por Veracruz. El demonio se le subió encima y le clavó los dedos en las axilas y el pecho. Todo estuvo suave hasta que bajaron esos güeyes de los punketos, todos con flex y sus monas. Y se nos dejaron ir con tizón en mano. Al Greñas le sorrajaron uno en la pata y el Orate y el Perro lo jalaron. No nos detuvimos sino hasta dejarlos atrás. Lo llevamos con la Doña sobadora para sacarle la canica de la pata. Ni anestesia le puso y creo ni alcohol, total, con todo y la mota se nos privó el Greñas. No fue sino hasta el bajón, como agarramos la onda y quisimos despertarlo, pero la Doña nos sacó a puros escobazos, para dejarlo dormir la curada. Ya luego, al cobrarnos, le dijimos que traía la lana el Greñas y si por favor no lo despertaba. Pero nel, ni aún asi, ahí lo dejó y luego ya el Orate le pagó – el del billete era él y no el Greñas -. Nos lo llevamos al chante de la Pirris y ahí lo dejamos para irnos a prepararle su remojón a los punketos reputos. Nos juntamos con los que hallamos, pero como éramos un puñito, pues ni nos acercamos. Mejor prendimos la pipa de la paz con los de las cuadras de atrás para llegarle con todo el barrio a los pinches punketos aceleraditos. Les va a ir como a los San Evangelio, que andaban con metras encueradas y venenosas por los callejones y se chingaban con canicazos a quién se les atoraba en el cogote, o se andaban cogiendo hasta la madre de Dios – hijos de su pinche madre -. Ya ves que los salvaron cuando los apaño la ley por el barrio bajo, atracando una mueblería, pues los iban a mandar al cielo, hasta estaban pagados los asesinos, y la cárcel fue su salvación por un rato, hasta que les dieron pa' sus tunas. Así les va a ir, podridos espinudos, punketos cagada de perro, desgarrados zombies del agujero, puercos chupaflanes, pinches alimañas callejeras, jodidas ratas del desagüe, malditos mamadores de alambrón. Van a chingar a su madre.

Esos muchachos estan perdidos Doña Alis, no deje que se junte su hijo con ellos.

              Estuve ayudando a mi jefe en la faena. Quieren que haya un camino donde antes había unas rocotas. Y ahí me tienes picando piedra como si estuviera en las Islas Marías. Pero estuvo chido. Pues luego se discutieron con las chelas. Nel, yo me tuve que esconder atrás de una piedrota para que mi jefe no se sacara de jonda. Mira, si dejas un hoyito entra más aire y te pones más rápido. Si, se seca igual de rápido, pero ¿para qué quieres una mona si no te pone? Así hasta se siente cómo el activo te disuelve de volada la respiración y le da al aire un sabor químico que no tenía antes... Mira, incluso sin mona. Jé, jé, jé, ya te pusiste colorado, ya te pusiste colorado. Frup, frup, frup. ¿Eh?, mira, ahí están los güeyes esos de abajo. ¡Sobre de su pinche madre! ¡Saquen los tizones! ¡Tráete tu mona, luego le pones! ¡Íralo! ¡Que luego le pones, pinche aferrado! Aver, presta. No se ponga a chillar, pendejo, que hay que partirles su madre a esos culeros. Ahí te quedas.


                                                                      Es que esos culeros rebasaron el límite. Óra es de barrio a barrio, ya no es de banda a banda. ¿Qué?, si ya es barrio desde que rebasó las cien casas, cuando todavía eran de cartón. Cartolandia los de las casitas de la loma que se incendiaron, cuando la lumbradota ésa. Cartolandia las casitas de papel de china de los japoneses. Cartolandia la Cineteca a donde vas. Ahí si que viven del cartón pegado en las paradas. Cartolandia los monitos de Disneylandia. Cartolandia, cartolandia tu pinche cuadra, triste pendejo.
Ya no es lo mismo de antes, cuando teníamos que jalar cubetas y cubetas para apagar el fuego, esperando que no se extendiera a las otras casas y corriendo como el diablo para alcanzar a poner fuera de las llamas los tanques de gas, de las casas donde había, porque la mayoría tenía estufas de petróleo, y el líquido se chorreaba fácilmente en el petróleo del chapopote. El agua nunca alcanzaba para apagar el fuego y siempre se consumía la casa hasta el carbón. Al final se sabía si fue un niño, el del accidente, o una viejita entre el carbón desparramado.
Chale, mi cabrón, era muy culero, pues cargábamos en el lomo con un aguantador, las cubetas, desde diez o quince cuadras abajo del cerro, hasta los tambos de las casas, y un lumbradón siempre se tragaba todos los tambos en un ratito, para que ni siquiera pudiéramos salvar nada ni a nadie. Ahí nacieron los apodos de dos que tres batos.
No, el Miniño no había ni nacido todavía. Pero ya el Insaciable andaba de cabrón chingando en los mercados para robarse las frutas y lo que pudiera de las bolsas de las ñoras. Luego el barrio ha ido mejorando, parecido a oleadas, primero los monos de abajo, porque no tienen que cargar el material de construcción, hasta arriba en la loma o hasta el cerro en empinada. Si volteas a ver, las casas dejan de tener aplanado y color, en los ladrillos desnudos, mientras más cercanas andan a lo verde de lo despoblado, hasta las orillas con casas de cartón.


                                                                                                      por aqui es. Como a las doce de la noche se escucha el llanto de un niño. No hay lugar para nadie, ni para un gato – ya ves que luego andan imitando el chillido de los bebés -. Te paras en este muro y se oye parecido a cuando hay un cuarto del otro lado, pero ya ves, no hay nada, es baldío desde siempre. Nadie ha construido nunca nada. El señor que siempre te recita todos los dichos mientras te platica, valora que a lo mejor alguna señora tiró a un bebito y aquí se murió, dada el almita que anda penando. Pero los padres de la iglesia consideran que un bebé no puede penar porque no ha pecado, a menos que lo hayan tirado sin bautismo ni confesión como si fuera un animal, entonces el pobre niño, purga los pecados de toda la humanidad desde Adán y Eva con una carga impresionante para él y sufre mucho, llorando todo el tiempo. Ni siquiera la reconciliación de las humanidad con Dios, durante la pasión de Jesucristo en la cruz, para que todas las almas pudieran entrar al cielo, lo salva. Es una almita y no soporta tanta carga y nos dice que por eso y para lograr el cielo, y ya no ande penando el niño, nos confesemos y ya no pequemos tanto, pues sería una piedra más para esa pobre almita. Razonan que a lo mejor, fue también un aborto de las muchachas Jiménez pues, es sabido, son muy enamoradas. Por eso se escuchan tantas cosas en los hospitales donde se hace el aborto clandestino, ahí la mayoría de las veces andan pecando con el aborto, en el momento en que a los niños les han crecido sus orejas, han escuchado la voz de sus padres y su alma ya entró en ellos con todos sus talentos. Por lo que el aborto es matar a un futuro abogado, un futuro presidente o un futuro escritor.


2a Entrega
14 de Febrero 2012
(La parte de dónde robaron a la "Reina del polvo y la yerba, Reina de los Barrios del Norte", registrada y publicada en el 2000 para convertirla en la "Reina del Sur", publicada en el 2001.)


Entraron a sangre y fuego
sin dejar vivos ni a los cotorros.
No le dejaron completo su honor
al hijo del Santo Miniño,
pues siempre cae por bala perdida,
el que por años se cuida del plomo.

Era Maíz, la guerrillera,
que volvía de la sierra
a cobrarse una deuda de sangre
contra su propia sangre.

Se coronó nuevamente
quién Comandante ya era,
reina del polvo y a la yerba,
reina de los barrios del norte.

Ya llegan los gobernantes
y los jefes de policía,
a rendirle sus gracias
al nuevo jefe de barrios.

Era Maíz, la guerrillera,
que volvía de la sierra
a cobrarse una deuda de sangre
contra su propia sangre...

Corrido de la Beata Maíz de los Niños, patrona de los guerrilleros y de la Santa Guerra Marxista, Leninista, Islámica y Cristiana de Latinoamérica. 

3a Entrega



Pues si ya hemos cogido antes bien rico, ¿cuál es el pedo?¿Qué importa si somos vecinos? Si me cogido hasta a tu hermana y no pasa nada. Bien protegidos. Tu marido no llega hasta mañana, Yo lo oí, yo lo oí. Ándale. Nel, tu sabes que no ando desesperado, es que me late hacerlo contigo. ¿Ayudarte con una lana?¿Qué?, ¿tu marido no deja?, ¿o qué? Ándale. Si lo hacemos suavecito y no hacemos ruido, no necesitamos esperar hasta la noche y que se queden dormidos los demás vecinos. Tú, no quieres pedirle frías al carnicero. Si ya hasta coges con él, pues sácale lo de la obra negra. Estas pinches láminas no tapan nada. Hasta a lo mejor el pinche tripa lombrisuda del de a la lado ya tiene sus agujeritos desde dónde te mira encuerada y hasta desde ahí te ha de oler cuando te bañas aquí adentro. Estas chichis hechas bola y tus pezones largos y grandes como mamadero de becerro, ya se las ha de saber de memoria. Si es re'caliente el güey. ¿No oíste cuando se la pasaba gritando su vieja, que lo había visto cojerse a la Dolores, su amiga de 18 años? Entonces ha de ser re'hipócrita el pendejo. Ándale, ándale. Mira es sabroso sentir la humedad calientita de tu panocha o lo cremosito de tu culo, calientito y apretado, tus olores, tus olores.


No fue madriza, fue balacera. Esos gandallas llegaron como los gansters encima de dos bochos y un pesero abriendo fuego. El Jimeno traía su tartana y que se despacha al pendejo del chofer del pesero. Se paró hasta chocar con el poste dos cuadras abajo y nos fuimos a rematarlos. Luego vinieron sus familias a poner esas tres cruces ahí, para que recordemos el lugar donde los chingamos y no podamos dormir. Por eso las desmadré y óra con un cincel las labraron en la calle y les pegaron el metal. Sólo con una barreta las podremos quitar. Pero ya son tantas que parece un tachadero en todas las calles. Dice el Animal que ya les agarró cariño y luego lo visitan y le cuentan cosas. Hasta les anda comprando veladoras el güey. A mi no. No me dejan dormir, pero ya son tantas y para quitarlas me llevaría mucho tiempo. ¿Los de la avenida? ¿De Finisterri? No , ésas son de los atropellados.
Alega que le han ayudado, pero la mayoría de las veces, cuando los ha soñado, siempre desean ser acompañados, aunque nunca falta un salvo llamativo y los deja ir. Le han hecho favores y cuando ha domesticado a un muerto este le ayuda a la hora de robar o matar. No ha habido ninguno, con el logro de sacarlo de robar y matar, pues los manda a la chingada en cuanto empiezan con consejos de que lo deje todo y se dedique a otra cosa. Los muertos siempre andan buscando convencerte de hacer lo mismo que ellos hacían en vida, repetir su vida o hacer lo que ellos te dicen. Pero si ya los tienes medidos, al rato se desvanecen solos o se van. Supone reconocer a un muerto, porque se mira como cualquier persona, pero si no alcanza a reconocerle la cara o el cuerpo de los que ha matado, los distingue porque le cuesta trabajo enfocarlos y aparecen manchas rojas flotando por donde les metió las balas o les clavó el cuchillo, como cuando miras al sol y se te queda el deslumbre cual mancha roja transparente, pero te das cuenta que no has visto al sol, sobre todo en los nublados o en la tarde y entonces sabes que estas ante un muerto. De las cosas platicadas, le ha gustado más cuando le describen su vida. Luego hasta les anda haciendo favores, para poder reclamarles ayuda posteriormente, para descubrir tesoros enterrados, siempre sin encontrarlos. Bueno, creo que solamente una vez encontró una olla de pesos de oro, que cambió por este chante mugroso a punto de caerse, al Rotey.
                              ¿No se lo pagó con lo del atraco a la tlapalería grande?
El Javier afirma, que fue con lo del carro blindado, si hasta dijo que parecía guerra y usaron a fuerzas dinamita para atorar el carro. Pero no, fue de la olla, si hasta todavía tiene por ahí un collar que se hizo con una moneda, a la que le mandó grabar el nombre de su vieja.



                                                                                          ÉSA VEZ FUE
cuando vimos la luz esa que pensamos era un ferrocarril. No, quién sabe si habrá sido lo visto. Pero el flex ya me había hecho la boca espesa y ácida y solo respiraba flex, puro flex. Exactamente igual a cuando te metes a un temazcal o a un vapor donde los pulmones respiran vapor y empiezas a sentir en los pulmones el calor y quién sabe cuántas fregaderas más. Nel, todavía no se ponía seco, si parecía un flan desecho en su bolsita. Tienes que agarrar ritmo, lento al principio y luego más rápido, más rápido según te lo pida el viaje y, de pronto, cuando el ritmo te lleva a solo respirar flex, te estalla el viaje y ya estás viendo y sintiendo algo que no es tu realidad cotidiana, pero como si lo fuera, con su onda propia. Como me clavé en la bolsa, de pronto sentí como si el aire inflara una bolsa que nos cubría y de pronto el cielo era una bolsota gigantesca de plástico transparente y afuera estuviera la noche. Si yo veía el plástico cómo se movía por el viento cubriendo todo el cielo encima de nosotros. Era la bolsa magna y el aire era el flez magno que le daba vida la noche. Pensé que era el mensaje del flex del cual tanto hablaban esos güeyes.


La primera vez sentí con el thinner como si el universo se cuadriculara, todo en unidades cartesianas cúbicas de realidad como globos cuadrados llenos de la misma realidad y hechos de la misma naturaleza fluída del agua. No hechos de agua, sino como si la fluidez del agua fuera una cualidad que pudieran compartir otros cuerpos. Estaba rodeado de los árboles del despoblado y sentí como si mis pulmones fueran más amplios y les cupiera más aire. Con el flex fue lo mismo, sólo que los cuadritos eran más chicos, como si el químico más ácido y más calante obligara a la realidad a cortarse en cuadros más chicos. Ahí entendí por qué los comerciales de la tele tienen música y las imágenes se relacionan con la música. Cuando te estalla el viaje, todo a tu alrededor es un videoclip y más si estas escuchando música. Pocos son los que pueden lograr eso en la tele, pero si lo logran te clavan. El mensaje del flex es para dejar de ponerte con la droga porque te va madreando.